LA POLÍTICA INVISIBLE DE LA VEJEZ
El derecho a seguir siendo dueño de la propia vida
Dr. Alfredo Cuéllar
En Síntesis
En Síntesis
Dr. Alfredo Cuéllar
EN SÍNTESIS
Envejecer no significa solamente
que el cuerpo cambie.
También cambia, silenciosamente,
la relación de poder
entre la persona y quienes la rodean.
EL MUNDO SE HACE VIEJO
Y esta no es una experiencia de unos cuantos. El mundo está envejeciendo. Para 2030, una de cada seis personas en el planeta tendrá 60 años o más. Para 2050 serán alrededor de 2,100 millones.
Detrás de esas cifras hay millones de historias individuales. Millones de personas que, después de haber decidido durante toda una vida, enfrentarán una pregunta que pocas sociedades han respondido adecuadamente:
¿Quién decidirá con ellas cuando necesiten ayuda?
CUANDO OTROS COMIENZAN A DECIDIR
Durante buena parte de nuestra vida decidimos dónde vivir, qué comer, a qué hora levantarnos, cómo gastar nuestro dinero, cuándo viajar y con quién relacionarnos. Pero llega un momento en que, con frecuencia sin mala intención, otros comienzan a participar en esas decisiones.
Los hijos preguntan si todavía debemos manejar.
El médico recomienda que no vivamos solos.
La familia piensa que una casa es demasiado grande.
Alguien sugiere venderla.
Otro propone una residencia para personas mayores.
Y así, casi imperceptiblemente, una persona que durante décadas tomó decisiones sobre su propia vida descubre que ahora se ha convertido en objeto de decisiones tomadas por los demás.
Eso también es poder.
Y es, precisamente, una forma de poder invisible.
¿CUÁNDO EL CUIDADO SE CONVIERTE EN CONTROL?
Hace poco conocí la historia de dos mujeres en Denver. Shirley Jennett, una mujer de 89 años, desea permanecer en la casa donde ha vivido durante años. Tiene una casa amplia, un jardín y una vida organizada a su manera. Todavía conduce, hace sus compras y mantiene una existencia independiente.
Sus hijos, sin embargo, se preocupan.
La preocupación es legítima. Pero aquí comienza una de las grandes contradicciones de la vejez: ¿en qué momento el cuidado se convierte en control? Y, todavía más difícil: ¿en qué momento, tratando de proteger a una persona, terminamos haciéndole más daño que el riesgo que intentábamos evitar?
Susan Beese, de 79 años, enfrentaba otro problema. El costo de la vivienda se había vuelto demasiado alto para ella. La solución que encontraron fue sencilla y, al mismo tiempo, profundamente inteligente: Susan se mudó a la casa de Shirley, paga una renta y colabora con algunas actividades cotidianas.
Una necesitaba compañía.
La otra necesitaba vivienda.
Ninguna perdió su dignidad.
El arreglo me hizo pensar en algo que escribí hace algunos años en un texto titulado La vida del viejo.
Allí escribí:
“La vida del viejo es de acomodarse.”
LA VIDA DEL VIEJO ES DE ACOMODARSE
Con el tiempo he comprendido que esa frase encierra mucho más de lo que imaginaba.
El viejo se acomoda a un cuerpo que cambia.
Se acomoda a una familia que ya tiene su propia vida.
Se acomoda a una sociedad que corre cada vez más rápido.
Se acomoda a tecnologías que no fueron creadas para su generación.
Se acomoda a la pérdida de amigos.
Se acomoda a los silencios.
Pero existe una pregunta más profunda:
¿Por qué siempre tiene que ser el viejo quien se acomode?
ACOMPAÑADO O INDEPENDIENTE: DOS FORMAS DE LA SOLEDAD
En México solemos pensar que la familia protege mejor a sus viejos. En Estados Unidos se valora más la independencia individual. Sin embargo, ninguna de las dos sociedades ha resuelto plenamente el problema.
En una, el viejo puede estar acompañado y, sin embargo, perder gradualmente el derecho a decidir.
En la otra, puede conservar su independencia, pero pagar por ella con soledad.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿En cuál de las dos sociedades estorba más un viejo?
Quizá la respuesta no depende solamente del país.
Depende de algo más profundo: de la manera en que entendemos el valor de una persona cuando ya no produce al ritmo que exige la sociedad.
Vivimos en culturas que admiran la velocidad, la productividad, la juventud y la innovación. En ese mundo, la vejez corre el peligro de ser interpretada como una disminución.
Pero una persona no pierde su valor porque camine más lentamente.
Tampoco pierde su derecho a decidir porque necesite ayuda.
CUANDO LA CIUDAD TAMBIÉN DECIDE
Pero la pérdida de autonomía no ocurre solamente dentro de la familia.
También las ciudades pueden quitarnos, silenciosamente, una parte de nuestra libertad.
Cuando dejamos de conducir, descubrimos que el transporte público no siempre está pensado para nosotros. Cuando caminamos más lentamente, advertimos que los semáforos parecen haber sido programados para otros cuerpos. Una banqueta rota, una escalera sin pasamanos o una calle insegura pueden convertirse en fronteras invisibles.
Entonces comprendemos algo que los jóvenes rara vez necesitan pensar:
La libertad también depende del cuerpo.
Y cuando el cuerpo cambia, una sociedad verdaderamente humana debería ayudarnos a conservar nuestra autonomía, no obligarnos a renunciar a ella.
La Micropolítica de la vejez no existe solamente en las decisiones que otros toman por nosotros. También está presente en las ciudades, las instituciones y los servicios que, al no pensar en los viejos, terminan decidiendo hasta dónde podemos llegar.
LA MICROPOLÍTICA ENTRA EN LA CASA
Aquí aparece una dimensión de la Micropolítica que pocas veces observamos.
El poder no existe solamente en los gobiernos, los partidos políticos o las grandes organizaciones. También aparece en una conversación familiar alrededor de una mesa.
—Papá, ya no debes manejar.
—Mamá, tienes que vender la casa.
—Es mejor que vivas cerca de nosotros.
—Nosotros sabemos lo que te conviene.
Cada una de esas frases puede estar inspirada por el amor.
Pero el amor no elimina la relación de poder.
La pregunta fundamental es: ¿quién decide?
La vejez plantea, entonces, uno de los dilemas humanos más delicados: cómo cuidar sin dominar; cómo proteger sin cancelar la autonomía; cómo acompañar sin apropiarse de la vida del otro.
INTERDEPENDENCIA EN LUGAR DE SUBORDINACIÓN
Tal vez necesitamos nuevas formas de convivencia.
La historia de Shirley y Susan ofrece una pequeña pista. No es una solución universal. Pero demuestra que existen posibilidades entre dos extremos: la soledad absoluta y la dependencia total.
Dos personas mayores pueden construir una alianza.
Pueden compartir recursos.
Pueden acompañarse.
Pueden ayudarse sin anularse.
En términos de Micropolítica, han creado una relación de interdependencia en lugar de una relación de subordinación.
SEGUIR SIENDO DUEÑO DE LA PROPIA VIDA
Quizá el gran desafío de la vejez no sea solamente vivir más años.
La humanidad ya está logrando eso.
El verdadero desafío será aprender a vivir esos años conservando algo mucho más importante: la capacidad de seguir siendo dueño de la propia vida.
Porque la dignidad no consiste únicamente en que alguien nos cuide.
También consiste en que alguien todavía nos pregunte:
¿Qué quieres tú?
Hace años escribí que la vida del viejo “la entiende otro viejo”.
Hoy pienso que quizá nuestra responsabilidad sea lograr que también la entiendan los jóvenes.
No para que sientan lástima.
Sino porque, si tienen suerte, algún día ellos también llegarán hasta aquí.
*Alfredo Cuéllar es profesor retirado, investigador, consultor internacional y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Su trabajo académico y de divulgación se ha concentrado en el estudio del poder, las relaciones humanas y los procesos invisibles que influyen en las decisiones dentro de las organizaciones y la vida cotidiana.
Nota sobre el uso de inteligencia artificial
Para la preparación y revisión de este artículo se utilizó inteligencia artificial como herramienta de apoyo para organizar información, contrastar ideas y mejorar la claridad de la exposición. Las ideas centrales, el enfoque, el análisis, las conclusiones y la responsabilidad final del texto corresponden exclusivamente al autor.
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