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Opinión

¿Qué pasa con El Niño?

Sus consecuencias pueden sentirse a miles de kilómetros porque El Niño redistribuye cantidades inmensas de energía entre el océano y la atmósfera

David Vallejo

David Vallejo

Códigos de poder

29 agosto, 2026 · 7 min de lectura · 10 lecturas
¿Qué pasa con El Niño?

 

En 1974, el mexicano Mario Molina y el estadounidense Sherwood Rowland publicaron una investigación sobre algo invisible y remoto. Descubrieron que los clorofluorocarburos utilizados en refrigeradores, aerosoles y procesos industriales podían ascender hasta la estratosfera y destruir el ozono que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta. Molina tenía 31 años y acababa de identificar una de las amenazas ambientales más graves que había enfrentado la humanidad.

 

La advertencia resultó correcta y el mundo decidió escuchar a la ciencia. En 1987 se acordó el Protocolo de Montreal y países con intereses económicos y políticos distintos aceptaron eliminar progresivamente las sustancias responsables del deterioro de la capa de ozono. Casi cuatro décadas después, cerca del 99% de las sustancias controladas han sido eliminadas y, si las políticas continúan, la capa podría recuperar los niveles que tenía en 1980 alrededor de 2040 en buena parte del planeta. La Enmienda de Kigali podría evitar, además, entre 0.3 y 0.5 grados adicionales de calentamiento hacia finales de siglo.

 

Molina recibió el Nobel de Química en 1995. Posiblemente su legado más importante consista en haber demostrado que una catástrofe ambiental anunciada por la ciencia puede dejar de ser inevitable cuando gobiernos, empresas y sociedades deciden actuar. Treinta años después de aquel Nobel conviene recordar esa lección.

Los once años transcurridos entre 2015 y 2025 fueron los once más calientes registrados. En 2025, el contenido de calor de los océanos alcanzó un nuevo máximo histórico y desde 2005 se están calentando a más del doble de la velocidad observada entre 1960 y 2005. El nivel del mar también se acelera, con un aumento aproximado de 4.75 milímetros anuales entre 2012 y 2025, frente a 2.65 entre 1993 y 2011.

Sobre un planeta que ya se ha calentado alrededor de 1.4 grados aparece ahora un El Niño excepcionalmente intenso. El fenómeno que se desarrolla en el Pacífico durante 2026 podría convertirse en uno de los mayores observados en generaciones. La Organización Meteorológica Mundial proyectó para agosto-octubre una anomalía cercana a 2.9 grados en el Pacífico ecuatorial, mientras el Met Office británico ha llegado a proyectar temperaturas superiores en más de tres grados a lo habitual en una extensa zona utilizada como referencia para medir su intensidad y ha descrito el episodio como potencialmente “sin precedentes”.

Sus consecuencias pueden sentirse a miles de kilómetros porque El Niño redistribuye cantidades inmensas de energía entre el océano y la atmósfera y modifica lluvias, sequías, temperaturas, cosechas, incendios, pesquerías y ciclones. Esta vez ocurre sobre un planeta considerablemente más caliente.

La combinación aumenta las posibilidades de que 2027 se convierta en el año más caliente desde que existen registros instrumentales. El Met Office considera que El Niño previsto para finales de 2026 eleva las probabilidades de que el año siguiente establezca un nuevo récord. Las predicciones coordinadas por la OMM calculan una probabilidad de 86% de que algún año entre 2026 y 2030 supere a 2024, de 91% de que al menos uno rebase temporalmente 1.5 grados sobre la temperatura preindustrial y, quizá el dato más inquietante, de 75% de que el promedio de todo el periodo 2026-2030 también supere ese umbral.

El Acuerdo de París se refiere al calentamiento sostenido durante periodos prolongados y rebasar 1.5 grados durante un año o incluso durante cinco años todavía significa algo distinto. La dirección, sin embargo, resulta difícil de confundir.

Con las políticas actualmente aplicadas, Naciones Unidas estima que el planeta se dirige hacia aproximadamente 2.8 grados de calentamiento durante este siglo. Incluso si los países cumplieran íntegramente sus nuevos compromisos climáticos, la proyección permanecería alrededor de 2.3 a 2.5 grados.

Unas cuantas décimas parecen menores hasta comprender lo que representan dentro del sistema climático. Cada incremento eleva los riesgos de temperaturas extremas, modifica los ciclos del agua, intensifica sequías y precipitaciones, acelera la pérdida de glaciares, eleva los océanos y aumenta la presión sobre ecosistemas, agricultura, infraestructura y salud.

Conocemos las causas y disponemos de buena parte de las tecnologías necesarias para modificar la trayectoria. Durante 2025 se instalaron alrededor de 800 gigavatios de nueva capacidad renovable en el mundo, un récord, y la energía solar aportó aproximadamente tres cuartas partes. Las tecnologías limpias desplegadas desde 2019 evitan ya cerca de 3,000 millones de toneladas de CO₂ cada año. Aun así, las emisiones energéticas globales volvieron a crecer en 2025. Estamos construyendo la solución mientras continuamos alimentando sus causas.

La transición energética tendría que convertirse en uno de los grandes proyectos industriales de nuestra generación mediante la expansión de energía solar y eólica, redes eléctricas, almacenamiento, eficiencia, electrificación del transporte y energía nuclear donde resulte técnica, económica y socialmente viable. La política climática tendrá mayores posibilidades de prosperar cuando reducir emisiones represente también energía competitiva, seguridad energética, innovación, empleos y crecimiento.

La distancia por recorrer sigue siendo considerable. Para conservar una trayectoria compatible con 1.5 grados, Naciones Unidas calcula que las emisiones globales de 2035 tendrían que ser aproximadamente 55% inferiores a las de 2019.

Y reducir emisiones ya resulta insuficiente. La adaptación tendrá que ocupar un lugar central mediante ciudades preparadas para temperaturas extremas, sistemas de alerta temprana, redes eléctricas resistentes, infraestructura hídrica, agricultura adaptada, protección costera, restauración de manglares y bosques y nuevos estándares para edificios, carreteras, hospitales y escuelas.

Los países en desarrollo necesitarán entre 310,000 y 365,000 millones de dólares anuales para adaptación hacia 2035. En 2023 recibieron apenas 26,000 millones de financiamiento público internacional.

Mario Molina comprendió además algo fundamental. Los desafíos planetarios requieren instituciones capaces de pensar a escala planetaria.

La atmósfera carece de fronteras y una tonelada de CO₂ emitida en cualquier país modifica el mismo sistema climático. Necesitamos estándares internacionales exigentes, financiamiento para las economías con menores recursos, incentivos para tecnologías limpias, investigación científica compartida y mecanismos transparentes para conocer quién emite, quién reduce y quién cumple.

Montreal demostró que es posible. La ciencia identificó el peligro, los gobiernos establecieron reglas, las empresas innovaron, los países desarrollados financiaron parte de la transición de las economías con menores recursos y las metas se endurecieron conforme avanzaba el conocimiento. Décadas después, la capa de ozono comienza lentamente a recuperarse.

El cambio climático resulta mucho más complejo porque los combustibles fósiles están entrelazados con prácticamente toda la economía mundial. Aun así, la experiencia demuestra que la cooperación internacional puede modificar trayectorias que alguna vez parecieron inevitables.

El futuro climático tampoco está escrito. Quizá durante algunos años rebasemos límites que hace una década aspirábamos a mantener intactos, lo cual vuelve todavía más importante contener cada décima adicional. Entre un planeta 1.5, 2, 2.5 o 3 grados más caliente cambian profundamente las perspectivas para millones de personas, los ecosistemas, las migraciones, la producción de alimentos, la disponibilidad de agua y el costo económico de adaptarnos.

El Niño que crece en el Pacífico terminará desapareciendo, como ocurre con todos los episodios de este fenómeno natural. Buena parte del CO₂ que acumulamos en la atmósfera continuará influyendo sobre el clima durante generaciones.

Pienso en Mario Molina y considero que la ciencia ha cumplido con su parte. Falta que nosotros cumplamos con la nuestra, empezando por aceptar que el calentamiento global es uno de los grandes desafíos de la humanidad.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el calentamiento global lo permiten.

Placeres culposos: En Netflix, Susurran tu nombre. En el cine, Coyote vs. Acme. En cuanto a música, los estrenos de Steve Hackett, Kamelot y Train. En libros, El Último Demonio, de Oscar Fernández, sobre Blue Demon Jr.

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